martes, 3 de agosto de 2010

II. La sacerdotisa XX. El juicio




Hace horas que busca una señal, una mancha, un turbio cúmulo de melanina que le susurre esta eres tú, esta es tu carne. Nada. Un cadáver que nadie reconoce. Pero ella no eligió esa piel inmaculada, reluciente bajo los focos del cuarto de baño, esa apariencia de recién nacida. Tampoco fue elección suya el espejo biselado, las estatuillas griegas, los jabones. Insistió en comprar los otros azulejos, los italianos en blanco roto, mate, no este rojo obsceno de motel. Pero qué más da. Ahora reconquista ese cuerpo extranjero, mide con victoria las baldosas. Y su boca pronuncia en el azogue, “qué más da”.

Reposa las caderas contra el frío del lavabo. Apenas roza su vientre, ya algo abultado, con la mano izquierda, mientras con la derecha acaricia los frascos de perfume dispuestos en fila sobre la superficie de mármol. Mira distraídamente la hora: las mismas dos de la madrugada que él sumerge en alguna copa de champán, abajo en la ciudad. Debe darse prisa.

Primero, la ropa, que dobla cuidadosamente antes de disponerla al fondo de la bolsa de basura. Todas sus camisas a medida, las rayadas, las de lino, sus polos para el tenis, los pantalones (incluido algún vaquero olvidado), los calzoncillos de corte neoespecial, los zapatos italianos, los pijamas de cuadros, las pantuflas, las corbatas de seda, los trajes oscuros del trabajo. Después los relojes, del Casio adolescente al último Cartier regalado por los socios, todos empaquetados en una perfumada bolsa blanca. Finalmente, los gemelos, los pisacorbatas, las cadenas, tintineantes y pesados en el plástico.

Cierra las tres bolsas con un ágil nudo de mariposa, baja las escaleras, cruza el césped húmedo del jardín y, con un giro de muñeca, ejecuta la suprema decisión de arrojarlas a la clorificada, abacteriana y desinsectizada piscina. La zambullida alegra el silencio eléctrico de la urbanización.

De nuevo escaleras arriba ejecuta con la misma precisión de cirujano los cortes que desgarran las sábanas, el colchón de látex, los sillones de terciopelo. Riega con un amor infinito y agua mineral todos los aparatos electrónicos. Sumerge el ordenador portátil en la bañera exenta que instalaron (instaló) hace apenas un mes. Empapa las enciclopedias y manuales en un brandy añoso para un perfecto flambeado. Tritura la porcelana con el robot de cocina. No olvida lavarse las manos para tomar la colección de litografías y rasgarlas de un solo gesto limpio.

El Audi arranca con un leve rugido. Mientras cruza la puerta videovigilada de seguridad triple piensa, preocupada, en que ha olvidado dejar una nota. Imperdonable.








1 comentario:

Pablo Herrera dijo...

Estoy deseando leer toda la serie.